Labriego Sencillo

Colombia es el Israel de la zona

Escrito por Manuel de J González

En los tiempos de la Guerra Fría, los medios de propaganda de Estados
Unidos y sus aliados utilizaban la palabra “satélite” para referirse
de forma despectiva a los estados que estaban en sintonía ideológica
con la Unión Soviética. Según la propaganda, esos estados giraban en
torno a un centro hegemónico, la URSS, y eran manejados desde sus
estructuras de poder.

Hoy el término nos sirve para describir a dos estados del presente que
en sus respectivas regiones cumplen la función de ser adelantados de
los intereses de Estados Unidos mientras simultáneamente, y con ayuda
del socio mayor, adelantan sus propias agendas. Nos referimos a Israel
en el Oriente Medio y a Colombia en América del Sur. En días
recientes, estos dos países, sabiéndose protegidos por el poderoso
manejador, abusaron de sus vecinos dejando en cada caso una larga
estela de sangre.

Israel, armado y protegido por Estados Unidos, continuó su afán
genocida sobre los palestinos de la franja de Gaza lanzando ataques a
su antojo. En apenas seis días los muertos llegaban al centenar y la
televisión nos traía escenas que no por comunes son menos trágicas:
cuerpos destrozados o calcinados, niños asesinados y madres
enfrentando la agonía de la muerte.

Frente a ese horror, las Organización de Naciones Unidas (ONU) discute
resoluciones tontas y la Unión Europea emite declaraciones expresando
su “gran preocupación”, pero nadie hace algo. El poder del socio
protector, en torno al cual da vueltas Israel, es demasiado grande. Es
la misma escena del matón de barrio que mantiene a raya a los
noveleros mientras a sus espaldas el subalterno golpea a la víctima.
Nadie interviene para detener la masacre por puro temor, porque la
fuerza de quien controla la operación es demasiado grande.
Ese escenario, común en el Oriente Medio desde 1948, se ha trasladado
a nuestra América, específicamente a la parte Sur. Allí Colombia ha
venido a ser el Israel de la zona, actuando con el mismo desparpajo y
la misma insolencia, y con la tranquilidad de saberse protegido por
Estados Unidos.

Los hechos de la pasada semana son muy graves y demuestran hasta dónde
está dispuesto a llegar el actual gobierno de Colombia para adelantar
sus propios intereses y los de Estados Unidos en la región. Las
fuerzas armadas colombianas, alertadas o actuando por indicaciones de
los servicios de inteligencia estadounidenses, penetraron dos
kilómetros dentro de territorio de Ecuador para masacrar a un grupo de
miembros de las FARC. El ataque ocurrió mientras estas personas
dormían y, tras la masacre, los militares colombianos sustrajeron tres
de los cuerpos para llevarlos a su país como botín de guerra. Tras la
barbarie hubo tres sobrevivientes, todas mujeres, que pudieron
salvarse porque las dieron por muertas y que posteriormente fueron
auxiliadas por militares ecuatorianos.

Los elementos que describen la gravedad de ese acto son múltiples.
Resulta evidente que se trató de una operación conjunta de los
militares colombianos y la inteligencia de Estados Unidos, lo que
confirma que estos últimos mantienen una operación amplia y creciente
en territorio de Colombia. Esta realidad representa una amenaza muy
seria para los países cercanos -Venezuela, Ecuador y Bolivia- que por
elegir democráticamente gobiernos de izquierda hace tiempo que están
en la mira de Estados Unidos. No puede descartarse que la acción
colombiana sea un acto de provocación para incrementar los conflictos
del área y desatar una guerra que culmine con la intervención
estadounidense. El principal objetivo de ese terrible escenario sería
terminar con el gobierno de Hugo Chávez que desde la rica Venezuela es
el principal dolor de cabeza estadounidense.

La teoría de la provocación cobra fuerzas cuando, después de los
hechos, vemos a los militares colombianos atizando el fuego con
acusaciones directas contra el presidente de Ecuador Rafael Correa. En
lugar de disculparse por su acción, intentan justificarla injuriando
al dirigente ecuatoriano.

Igual que Israel en su área, Colombia actúa con el desparpajo de
saberse la punta de lanza de las fuerzas armadas estadounidenses que
supone prestas y deseosas para intervenir. En el pasado esas fuerzas
mandaban a su antojo en el área. Ya no.

La incursión en Ecuador fue un acto planificado con tiempo y ejecutado
con total conciencia de las consecuencias que provocaría. Como ha
dicho el presidente Correa, no se penetró en territorio del país
vecino en persecución de los miembros de las FARC. Fue una operación
premeditada, discutida y analizada en los centros de poder y lanzada
con absoluto conocimiento de las reacciones que provocaría.
La barbarie del acto también recuerda a las acciones de Israel en la
Palestina ocupada. Se atacó por sorpresa a las personas que dormían no
para hacer detenciones sino para matarlas a mansalva. Luego dejaron
los cuerpos regados como objetos sin valor.

Quien así actúa es el mismo gobierno que acusa a las FARC de
comportamiento inhumano por tener secuestrados. Al menos estos
detenidos están con vida. Los secuestrados por las tropas colombianas
ya son cadáveres masacrados.

Mientras escribimos esto tanto Ecuador como Venezuela movilizan tropas
a sus fronteras con Colombia y desde Bogotá se lanzan dardos
incendiarios. Seguramente ya en Wáshington, donde está el centro de
gravedad en torno al cual da vueltas el estado colombiano, tienen
diseñado el plan de intervención. Estarán revisando experiencias
recientes para resumir lecciones. La Serbia masacrada desde el aire en
los años ‘90, para obligarla a retirarse de Kosovo, es una de esas
experiencias, a las que más recientemente se unieron Afganistán e
Irak. Igual que el Oriente Medio y en el Golfo Pérsico, en Venezuela,
Ecuador y Bolivia hay mucho petróleo y gas natural. También hay
gobiernos odiados por los que desde el Norte conservan eternas
pretensiones hegemónicas. Esos gobiernos ya no aceptan que les den
órdenes. Eso a veces lo puede tolerar el poderoso, pero si además de
atreverse a ser independientes esos gobiernos controlan riquezas
petroleras, la situación se vuelve intolerable.

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